
El amor, como un producto, necesita más que un buen packaging para sobrevivir. De nada sirve ser el mejor por fuera si abriendo la tapita o desenvolviendo el misterio, nos llevamos el chasquibum más grande de la historia. ¿Existe el amor a primera vista, o el diseñito piola por 2,50? Claro que existe. Pero la diferencia es a dónde apuntamos: ya sea en el amor o en un producto. ¿Creemos realmente que esa persona que pasa caminando con su cabello como un comercial de crema enjuague va a estar con nosotros porque sí cuando nos agarre la próxima crisis existencial a las 3 de la mañana? O que ese producto que hoy se ve tan lindo en la cajita fosforescente, va a pasar la barrera de mi superyo controlador de precios porque sí? No, por favor. Todo necesita su tiempo, su etapa de maduración y por supuesto, razones sólidas. El amor puede ser impulsivo, loco, irracional, hermoso, terrorífico, pero si es verdadero amor, puede mantener unidas las cosas más impensables, las ideologías más opuestas o hasta el amor irracional a una marca puede hacer realidad las compras menos favorables para el bolsillo de doña Rosa; pero claro, son esas cosas que sólo el amor hace y que por suerte nos mantiene el corazón galopando. Ya lo dijeron por ahí, nadie vive de verdad hasta no haberse enamorado. Y todos necesitamos un amor para sentirnos completos, como necesitamos sentirnos identificados con ciertas modas o marcas que nos definan de alguna manera. Porque para bien o para mal en los negocios, el amor, se llama Publicidad.
¡Feliz día de San Valentín!
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